Qué grande, Noel. Yo lo conocí en la mili. Era de esos tíos feos de narices, pero que triunfan más que nadie. No se entiende, ¿verdad? ¿Por qué? Yo tengo mis teorías. ¿Para qué revista has dicho que era, guapa?
Bueno, a lo que íbamos, el chaval metía más que nadie en todo el cuartel. Y más que todo el cuartel junto. Y más que si juntamos a los primos y a los hermanos y a los amigos, y a los padres y a los tíos, y a los vecinos de todo el cuartel y además a todos los presos del país, y los metemos en un burdel de putas infinitas a gastos pagados.
¿Cómo se entiende ese éxito? Noel tenía un don. Y no un don cualquiera, Noel tenía el don de anticiparse a los deseos de la gente. Pongamos que te gustara, por un casual, Bertín Osborne, ¿te gusta? Bueno da igual, pongamos que te gustara, ¡raca!, ahí que te conseguía la discografía completa firmada por él. Que tu sueño era tirarle unas bragas a John Lennon, pues él te las quitaba y se las hacía llegar. ¿Me explico?
Se anticipaba, tenía visión, te calaba. Te miraba y sabía de qué pie cojeabas, qué querías de la vida. Y él te lo proporcionaba. Era así de grande.
Aunque no faltará quien te diga que en verdad lo único que hacía era manipular. Que te hacía desear justo aquello que él tenía, ¿me explico? Pongamos por un casual, que paseando por la calle, Noel se encontrara con un gorro rojo de lana tirado en el suelo. ¿Qué haría? Bien, primero te diría lo bien que te sienta el rojo. Y unos días más tarde te explicaría, eso sí, siempre dentro de un contexto, que el 80% del calor corporal se pierde por la cabeza, que se escapa. ¿Me explico? Sin tú saberlo, ya estarías deseando, suspirando, anhelando, ansiando, muriéndote por tener un gorro rojo que mantuviera tu calor corporal donde debe estar, en su sitio. Y entonces vendría él, y ¡zas!, te lo regalaría. Pongamos por caso que fueras facilona, que no digo que lo seas, guapa, pero pongamos por caso que lo fueras, pues esa misma noche, ¡raca!, se lo agradecías. ¿Que no? Noel no desesperaba, sabía que más pronto que tarde desearías tener un ajedrez, o un parchís viejo, o un perro sarnoso, o una mierda pinchada en un palo, o lo que fuera que tuviera por casa en ese momento. ¿Me explico?
Pero esa, guapa, si me permites la opinión, es la teoría de los resentidos, de los envidiosos, de los peluseros, de aquellos a los que les jode infinitamente más el triunfo ajeno que el fracaso propio. ¿Me explico?
Mi teoría es que Noel se anticipaba, que tenía esa capacidad. Y que además creía en sí mismo. Una vez leí, o me dijeron, o escuché o pensé, no sé, que no importa lo que seas en verdad, sino lo que tú te creas que eres, y sobretodo lo que le hagas creer a los demás.
Y esa, guapa, según mi experiencia de la vida, es una verdad universal. Él era feo, pero no de un feo normal. Era feo de cojones, de esa clase de feos a los que cuesta mirar a la cara sin que te entren ganas de vomitar. ¿Me explico? Pero se te olvidaba, ¿sabes?, se te olvidaba. ¿Por qué? Creía en sí mismo. Noel era así, tenía esa capacidad. Esa y la de fecundar. Que pronto empezaron a proliferar los chascarrillos a su costa en el cuartel, que si por ahí viene Noel el fecundador, o Noel el prolífico, o Noel el inseminador, o Noel el inagotable, o Noel el reproductor, o sencillamente papá Noel, para los menos ocurrentes o de vocabulario más limitado.
Con los críos, igual que con las mujeres. Que si ahora un tren eléctrico, que si mañana una pelota de tenis, que si pasado una baraja de cartas. Pronto fueron una legión de niños, !un montón! Y tanto reales como endosados, no te creas, porque las cosas como son, Noel no era bueno llevando cuentas, y pronto empezaron a aparecerle más hijos de los que él recordaba haber engendrado. Pero qué grande, Noel, nunca una duda, nunca una mala cara, nunca una suspicacia…aceptaba sin chistar.
Un día, Noel emigró para Noruega, o para Finlandia, o para Suecia, no se sabe bien. Según se cuenta porque le contaron que en esos países abundaban las rubias naturales y sin prejuicios, a las que no hacía falta colmar de atenciones para obtener resultados satisfactorios. Y es que para aquel entonces, Noel empezaba ya a acusar el cansancio. Era un cansancio profundo, de los que llegan y se te clavan y se te agarran al cuerpo o la espalda, o peor aun, al alma, de aquellos que te hacen sentir viejo de repente y que llegan a traición, sin avisar.
La noche antes de irse, Noel agarró una borrachera descomunal. En uno de los bares a los que acudió, conoció a tres chavales. Uno era africano y los otros dos chinos o de algún país de oriente, no se sabe bien. El caso es que los tres iban tan borrachos como él. Y Noel, entre lágrimas etílicas, les explicó que se iba contento pero con pena, porque Noruega o Finlandia o Suecia, quieras que no, estaban lejos, y sufría pensando en quién se iba a encargar a partir de entonces de mimar y de obsequiar y de halagar a todos sus hijos y todas sus madres, y a todas las que podrían haber sido madres, y a todos los que podrían haber sido hijos. El negro, que por lo visto era el más espabilado o el que mejor entendía, o el que menos borracho iba, o el que más, quién sabe, le dijo que entre ellos tres se encargarían. La clase de promesa que sólo se hacen los borrachos antes de abrazarse o de echarse a llorar, o de vomitar en un rincón, o de caer inconscientes en un suelo lleno de mierda.
El caso es que Noel al día siguiente se fue, pero los tres fulanos no olvidaron su promesa. No es que se mataran a cumplirla, todo hay que decirlo, pero tampoco la olvidaron, al César lo que es del César. En realidad lo que hacían, y según tengo oído, aun hacen, es juntarse una vez al año (que hacen coincidir con la noche en que conocieron a Noel), y bien provistos de regalos proceden al reparto.
De Noel se dice que en Finlandia o en Noruega o en Suecia fue contratado por la Coca Cola. Que lleva un uniforme rojo y que tuvo (por contrato) que dejarse crecer una barba espesa que le cubriera bien la cara, porque los suecos, o los noruegos, o los finlandeses, no son tan dados a perdonar así como así la fealdad ajena, por más seguridad que se tenga en uno mismo. Dicen que vive feliz, y gordo, y relajado, y rodeado de rubias, o de enanas, o de elfos o de renos, nadie sabe la verdad.
Lo que sí es cierto, y de eso doy yo fe, es que una noche al año, sólo una y durante algunas horas, Noel vuelve. No me preguntes cuándo, ni cómo ni porqué ni sobretodo para qué. Pero lo que es volver, vuelve.
Por: El diente de Oro
miércoles, 23 de diciembre de 2009
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