Por muchos años que pasaran, el detective Perkins nunca se acostumbraría al desagradable hedor de la Navidad. Y menos cuando una fría mañana empezaba aprisa y sin su café recién hecho en Macy’s, al que se reconocía adicto abiertamente. De hecho, los más antiguos del departamento lo llamaban detective Macy’s, y no siempre con buenas intenciones.
Aunque detestaba el tacto de los jodidos guantes de látex, esa asquerosa mañana de Navidad no le importó ponérselos en absoluto. Sabía que estaba detrás de algo grande. Algo importante. Y sabía que si se salía con la suya, si conseguía relacionar los últimos asesinatos con un sólo sospechoso, se ganaría el derecho a dejar las calles de una maldita vez. Se ganaría el cargo de inspector. Inspector Macy’s.
Entraron por la puerta principal, custodiada por los de homicidios. Lo saludaron casi con una reverencia. Los de dentro ya habían sacado todas las fotos necesarias. Ya habían dibujado suficientes líneas blancas en el suelo, y ahora era su turno. Y el de su nueva compañera Ruth Varmowski. Cleveland, para los más íntimos, es decir, su casero y el propio Perkins.
Desde el primer día, Perkins se sorprendió de la rapidez con la que Cleveland se adaptó al trabajo en la calle. Nunca ha sido garantía de nada quedar primero de tu promoción en la Academia, pero en el caso de Cleveland, parecía como si hubiera estado de patrulla durante toda su infancia. Fría, dura, con los nervios de acero. Era como una roca humana. Aunque Perkins no tenia queja alguna, a veces echaba de menos a Boomer, su compañero más reciente y con el que había cosechado durante años una amistad que iba más allá de la camaradería. De todos modos, Perkins se alegró por él cuando lo metieron en un despacho. Boomer era un auténtico perro callejero, pero incluso él sabía que eso probablemente le había salvado el pellejo. Ya no corría como antes, la grasa se le había colado hasta en el cerebro, y eso puede llegar a ser muy peligroso. Sobre todo para tu compañero, si depende de tu velocidad en una persecución con armas.
Así que ahí estaba Perkins, junto a Cleveland, en el retrete de un apartamento de las afueras, en plena mañana de Navidad, con un cuerpo ahogado en una bolsa de plástico, medio desnudo y torcido como un jodido Picasso.
Cleveland se acercó despacio al Picasso. Perkins odiaba cuando hacía eso. Se acercaba demasiado para su gusto. ¿Qué coño quería encontrar? Al puto Bin Laden escondido debajo de un grano de la cara? A veces tenía incluso la sensación de que los olía. No hacía ningún ruido asqueroso, pero eso de acercarse tanto lo sacaba de sus casillas.
-Oye Cleveland, no tienes que chuparle el alma, sólo dime qué te parece.
Cleveland inclinó la cabeza hacia su compañero, pero se tomó su tiempo. Eso también le ponía de los putos nervios. Cogió un preservativo tirado en el suelo y como la jodida Diana de la serie “V” se lo acercó a la cara con ademán de tragárselo. En el último momento, lo volvió a dejar en el suelo. Sólo lo estaba mirando a contraluz.
Se incorporó. Se dirigió hacia Perkins sacándose uno de los guantes de látex y haciéndolo chasquear al soltarlo mientras pasaba por su lado.
-No es él.
Perkins se dio cuenta en ese mismo momento de que todo lo que hacía su jodida compañera lo ponía histérico.
-Joder, ¿y cómo lo sabes, si puedo preguntarlo?
Sin dejar de avanzar hacia la salida del apartamento, Cleveland le soltó otra de sus jodidas frases.
-Lo siento Perkins, este tío no es homosexual, vamos a decorar el árbol.
-Pero ¿cómo lo sabes? El preservativo todavía está fresco, puede que haya restos de algún culito de estudiante de Harvard, o el de Mike el Repartidor Marica.
-Este tío sólo folla con mujeres Macy’s. No hay más. Quizás deberías probarlo.
-¿Y puedo preguntarte por qué cojones estás tan segura de eso? ¡No sabía que tenías un olfato detecta-maricones-a-través-de-un-condón-asqueroso-lleno-de-lefa!
Cleveland se detuvo. Miró a Perkins a los ojos.
-¿De verdad quieres saberlo?
En ese instante, Perkins se dió cuenta de dos cosas: de que tenía pelos en la espalda aunque no lo supiera, y de que hay cosas que es mejor no saber nunca. Ni siquiera en Navidad.
by LatexLover
miércoles, 23 de diciembre de 2009
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