sábado, 30 de enero de 2010

Campanas

En mi pueblo somos todos “mú burros” como se suele decir en el bar del Juancho. No hace falta que diga que ese es el centro de reuniones de las humildes gentes de la zona, el caldero y un chato es todo lo que se necesita para apreciar algo de esta vida tan perra.


Es ahí junto al calor de mis vecinos y cuando estábamos echando la partida al dominó cuando literalmente me he cagado en los calzones. Mi amigo, Tobías más de lo mismo.

“Mierda y mi campana ¿Dónde está?”- rebusqué en mis bolsillos acentuando de forma grotesca mi tic nervioso de mi mano. La encuentro y la agito.

“¿Y el cascabel? Mierda, ya está aquí. El cabrón me va a matar con sus propias manos. Estoy sudando como un cerdo antes de pasar por el matadero. He de encontrar el cascabel como sea.”

Soy el Campanas, es un mote que va pasando de unos a otros. Cuando muere el Campanas, el mote pasa a otro. Es un legado mortal. Y yo voy a morir.

Hace la friolera de 40 años en la ladera norte, ahí donde el viento azota con ahínco, vivía “el Campanas”. Qué duda cabe que en los pueblos, la tradición de lo motes es un clásico pero el mote del Campanas estaba totalmente justificado ya que el hombre siempre caminaba con una campana “de bolsillo” en la mano con un mango de madera por si las moscas.

Era un hombre afable pero pobre de ti que le tocaras la campana, el cachete en la nuca era descomunal. Nosotros siempre nos burlábamos de su campana, nos parecía ridículo que alguien hecho y derecho tuviera tal dependencia de un artilugio tan inofensivo.

¿Inofensivo? Quizás no tanto.

Un día, cuando el hombre quedó dormido al calor del brasero de Casa Juancho, mi curiosidad me dominó de forma poderosa y le birlé la campana unos segundos. Llevaba un destornillador pequeño, esos de precisión, y desmonté hábilmente el cascabel de dentro, el que emite ruido al picar contra las paredes. Dejé la campana cuidadosamente en su sitio.

A media noche, me desperté con el repicar de las campanas de la iglesia. El Campanas había muerto, de hecho lo acababan de matar de forma brutal. Su cuerpo estaba colgado de la campana grande de la iglesia, a la cual le habían quitado el cascabel y lo habían sustituido por el Campanas, el cual murió por los fuertes golpes contra las paredes de la campana.

La similitud con mi acción del día anterior me empezó a aterrar. Los vecinos empezaron a decir que llevaba una campana a modo de aviso por si su fatal destino decidía cruzarse en su vida. La gente del pueblo decía que el Campanas había hecho algo malo en su vida anterior y por eso llevaba su campana como amuleto.

Desde hace 40 años, llevo una campana que siempre ha repicado a las mil maravillas y me llaman el Campanas.

Hoy voy a morir.

Firmado: el Campanas.

viernes, 29 de enero de 2010

Las supervivientes

Desde el día del resplandor nada había sido igual. Nos quedamos encerrados en casa sin poder salir, casi a oscuras, las ventanas tapadas, y oliendo a humedad. Alguien dijo que el aire podía estar contaminado. Mis padres no decían nada, se habían quedado callados, aunque a veces se les oía toser, o como si estuvieran haciendo gárgaras con tomate triturado, o con puré de patatas. Mi hermana y yo nos mirábamos en silencio, en aquellos días de primavera, que suponíamos soleados, pero que eran tan sordos, tan pesados, que dolían. Era como si un zumbido de silencio rasgara el ambiente. Y un olor a sustancia fría y metálica se colaba por las paredes de casa. También lo recuerdo.

En aquel momento estábamos jugando, después de la escuela. Los juguetes permanecían donde siempre, en el rincón, y en los días que llevábamos encerrados en casa ya se habían cubierto de polvo blanquecino. No los volvimos a tocar. Ni siquiera sabíamos cómo, porque aunque hubiésemos querido jugar, no habríamos podido. A duras penas podíamos mover un solo miembro. Sentados en el suelo nos habíamos quedado, y así seguíamos, en silencio y quietos. Pesados, fríos y metálicos.

Entonces escuchamos ese sonido repugnante. Al principio fue una, que venía del salón, dubitativa. Allí estaban mis padres, pero seguían en silencio. Luego fueron dos, siguilosas, crepitando por el suelo. Luego algunas más, decenas de cucarachas inundaron la habitación, correteando por todas partes, subiendo por las paredes. Tenían las antenas rojas y largas, y las agitaban nerviosamente. En un intento desesperado por salir de alli, con una angustia desconocida y primigenia, cogí a mi hermana por el brazo, los músculos tensionados, nos pusimos en pie tambaleándonos, y corrimos hasta el salón. Mi padre yacía sentado en el sillón, con la boca muy abierta y las cuencas de los ojos vacías, oscuras. Tres o cuatro cucarachas se asomaron por sus ojos y su boca, y se deslizaron por el cuerpo de mi padre como si fuera un mueble o un muñeco. Mi madre también yacía salpicada por alguna cucaracha, en los brazos y entre las axilas, examinando con curiosidad científica el cuerpo inerte.

Preso de un escalofrío profundo, sólo obedecía a un instinto de supervivencia más allá de la náusea que me producía esta escena febril. Acerté a abrir una ventana. Ante nosotros se extendía la ciudad entera cubierta de polvo y cenizas, abandonada. Al fondo, noté que la central tenía una forma extraña, rota y humeante. Algunos coches habían quedado en medio de la calle, con las puertas abiertas y de cualquier manera. No se veían personas, ni se oían ladridos ni más sonidos. Mi hermana y yo nos miramos con una mueca de horror y desolación a través de las máscaras que descubrimos puestas sobre nosotros.

Entonces el zumbido se hizo claro. Inundaba todo el horizonte, y nos acompañaría todos los días desde entonces.Estábamos condenados a un nuevo mundo, y en él ya no éramos el último eslabón de la cadena.

Agustín Malasombra

miércoles, 27 de enero de 2010

Amanecer

No había tiempo para esperar al ascensor. Empecé a subir las escaleras, corriendo y cargando con todo el peso de la angustia y la desesperación. Los recuerdos de tantos años pasaban a toda velocidad, como escalones abandonados, cada uno representando una época pasada en la que siempre temí que llegara este momento, la más terrible de las soledades persiguiéndome y tratando de agarrarme con sus brazos desnudos.


Abrí la puerta del rellano con la respiración agitada, con gran premura pero con sigilo, tratando inútilmente de no despertar a los viejos fantasmas. Recorrer el pasillo se antojaba una aventura espantosa, el enfrentamiento a un destino cruel e ineludible que aguardaba en la oscuridad, poética y cercana. Ocurrirá de todas maneras, aunque mires hacia otro lado.

Di un paso al frente mientras las sombras se convertían en poderosos espíritus malignos capaces de arrastrarme al otro lado. Traté inútilmente de esquivarlas hasta alcanzar agotado la última puerta. Un leve gemido infantil se escurrió de mi boca antes de contener el aliento.


Cerré los ojos un instante.


Al despertar, oculté mi rostro con las manos y lentamente recobré el pulso.

Todavía estaba allí.

Firmado: tu rostro.

martes, 19 de enero de 2010

un antes y un después...

El concurso de cuentos de navidad ha sido un éxito de público (más de 10 cuentos) y de crítica (Màrius Serra nos ha citado como un ejemplo a seguir, David Trueba confiesa que somos dignos "sucesores" de su brillante "4 amigos").

Morel ha pedido que escriba post con el podio. De hecho, no hay podio. El primer premio ha recaído en "Tren de juguete" con tres votos (escrito por un servidor) y luego hay seis cuentos con un voto cada uno (ver detalle en comentarios de anterior post).

La vida sigue y como es enero, qué mejor que un relato de "miedo", para compensar las ñoñerías de navidad!

Reglas: las mismas que en el anterior.

Fecha límite: 15 de febrero.