miércoles, 27 de enero de 2010

Amanecer

No había tiempo para esperar al ascensor. Empecé a subir las escaleras, corriendo y cargando con todo el peso de la angustia y la desesperación. Los recuerdos de tantos años pasaban a toda velocidad, como escalones abandonados, cada uno representando una época pasada en la que siempre temí que llegara este momento, la más terrible de las soledades persiguiéndome y tratando de agarrarme con sus brazos desnudos.


Abrí la puerta del rellano con la respiración agitada, con gran premura pero con sigilo, tratando inútilmente de no despertar a los viejos fantasmas. Recorrer el pasillo se antojaba una aventura espantosa, el enfrentamiento a un destino cruel e ineludible que aguardaba en la oscuridad, poética y cercana. Ocurrirá de todas maneras, aunque mires hacia otro lado.

Di un paso al frente mientras las sombras se convertían en poderosos espíritus malignos capaces de arrastrarme al otro lado. Traté inútilmente de esquivarlas hasta alcanzar agotado la última puerta. Un leve gemido infantil se escurrió de mi boca antes de contener el aliento.


Cerré los ojos un instante.


Al despertar, oculté mi rostro con las manos y lentamente recobré el pulso.

Todavía estaba allí.

Firmado: tu rostro.

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