En mi pueblo somos todos “mú burros” como se suele decir en el bar del Juancho. No hace falta que diga que ese es el centro de reuniones de las humildes gentes de la zona, el caldero y un chato es todo lo que se necesita para apreciar algo de esta vida tan perra.
Es ahí junto al calor de mis vecinos y cuando estábamos echando la partida al dominó cuando literalmente me he cagado en los calzones. Mi amigo, Tobías más de lo mismo.
“Mierda y mi campana ¿Dónde está?”- rebusqué en mis bolsillos acentuando de forma grotesca mi tic nervioso de mi mano. La encuentro y la agito.
“¿Y el cascabel? Mierda, ya está aquí. El cabrón me va a matar con sus propias manos. Estoy sudando como un cerdo antes de pasar por el matadero. He de encontrar el cascabel como sea.”
Soy el Campanas, es un mote que va pasando de unos a otros. Cuando muere el Campanas, el mote pasa a otro. Es un legado mortal. Y yo voy a morir.
Hace la friolera de 40 años en la ladera norte, ahí donde el viento azota con ahínco, vivía “el Campanas”. Qué duda cabe que en los pueblos, la tradición de lo motes es un clásico pero el mote del Campanas estaba totalmente justificado ya que el hombre siempre caminaba con una campana “de bolsillo” en la mano con un mango de madera por si las moscas.
Era un hombre afable pero pobre de ti que le tocaras la campana, el cachete en la nuca era descomunal. Nosotros siempre nos burlábamos de su campana, nos parecía ridículo que alguien hecho y derecho tuviera tal dependencia de un artilugio tan inofensivo.
¿Inofensivo? Quizás no tanto.
Un día, cuando el hombre quedó dormido al calor del brasero de Casa Juancho, mi curiosidad me dominó de forma poderosa y le birlé la campana unos segundos. Llevaba un destornillador pequeño, esos de precisión, y desmonté hábilmente el cascabel de dentro, el que emite ruido al picar contra las paredes. Dejé la campana cuidadosamente en su sitio.
A media noche, me desperté con el repicar de las campanas de la iglesia. El Campanas había muerto, de hecho lo acababan de matar de forma brutal. Su cuerpo estaba colgado de la campana grande de la iglesia, a la cual le habían quitado el cascabel y lo habían sustituido por el Campanas, el cual murió por los fuertes golpes contra las paredes de la campana.
La similitud con mi acción del día anterior me empezó a aterrar. Los vecinos empezaron a decir que llevaba una campana a modo de aviso por si su fatal destino decidía cruzarse en su vida. La gente del pueblo decía que el Campanas había hecho algo malo en su vida anterior y por eso llevaba su campana como amuleto.
Desde hace 40 años, llevo una campana que siempre ha repicado a las mil maravillas y me llaman el Campanas.
Hoy voy a morir.
Firmado: el Campanas.
sábado, 30 de enero de 2010
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