viernes, 29 de enero de 2010

Las supervivientes

Desde el día del resplandor nada había sido igual. Nos quedamos encerrados en casa sin poder salir, casi a oscuras, las ventanas tapadas, y oliendo a humedad. Alguien dijo que el aire podía estar contaminado. Mis padres no decían nada, se habían quedado callados, aunque a veces se les oía toser, o como si estuvieran haciendo gárgaras con tomate triturado, o con puré de patatas. Mi hermana y yo nos mirábamos en silencio, en aquellos días de primavera, que suponíamos soleados, pero que eran tan sordos, tan pesados, que dolían. Era como si un zumbido de silencio rasgara el ambiente. Y un olor a sustancia fría y metálica se colaba por las paredes de casa. También lo recuerdo.

En aquel momento estábamos jugando, después de la escuela. Los juguetes permanecían donde siempre, en el rincón, y en los días que llevábamos encerrados en casa ya se habían cubierto de polvo blanquecino. No los volvimos a tocar. Ni siquiera sabíamos cómo, porque aunque hubiésemos querido jugar, no habríamos podido. A duras penas podíamos mover un solo miembro. Sentados en el suelo nos habíamos quedado, y así seguíamos, en silencio y quietos. Pesados, fríos y metálicos.

Entonces escuchamos ese sonido repugnante. Al principio fue una, que venía del salón, dubitativa. Allí estaban mis padres, pero seguían en silencio. Luego fueron dos, siguilosas, crepitando por el suelo. Luego algunas más, decenas de cucarachas inundaron la habitación, correteando por todas partes, subiendo por las paredes. Tenían las antenas rojas y largas, y las agitaban nerviosamente. En un intento desesperado por salir de alli, con una angustia desconocida y primigenia, cogí a mi hermana por el brazo, los músculos tensionados, nos pusimos en pie tambaleándonos, y corrimos hasta el salón. Mi padre yacía sentado en el sillón, con la boca muy abierta y las cuencas de los ojos vacías, oscuras. Tres o cuatro cucarachas se asomaron por sus ojos y su boca, y se deslizaron por el cuerpo de mi padre como si fuera un mueble o un muñeco. Mi madre también yacía salpicada por alguna cucaracha, en los brazos y entre las axilas, examinando con curiosidad científica el cuerpo inerte.

Preso de un escalofrío profundo, sólo obedecía a un instinto de supervivencia más allá de la náusea que me producía esta escena febril. Acerté a abrir una ventana. Ante nosotros se extendía la ciudad entera cubierta de polvo y cenizas, abandonada. Al fondo, noté que la central tenía una forma extraña, rota y humeante. Algunos coches habían quedado en medio de la calle, con las puertas abiertas y de cualquier manera. No se veían personas, ni se oían ladridos ni más sonidos. Mi hermana y yo nos miramos con una mueca de horror y desolación a través de las máscaras que descubrimos puestas sobre nosotros.

Entonces el zumbido se hizo claro. Inundaba todo el horizonte, y nos acompañaría todos los días desde entonces.Estábamos condenados a un nuevo mundo, y en él ya no éramos el último eslabón de la cadena.

Agustín Malasombra

1 comentario:

  1. hola agustín,
    este cuento me ha hecho pensar en el principio que no tiene "la carretera", el libro de cormac mccarthy del que pronto van a estrenar adaptación al cine..

    salud

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