miércoles, 10 de febrero de 2010

Blanco

Me sacan de la máquina temblando. No puedo gritar, me cuesta respirar, lloro. Me inyectan. Me resisto. Me atan. No quiero dormirme otra vez. El dolor se ha ido y necesito pensar. Necesito pensar. No puedo. No puedo. Lo intento con todas mis fuerzas pero no puedo. Me duermo.

Me despierta el dolor. Un dolor exacto, agudo y penetrante a la altura de los riñones. Me paraliza. Cada vez es más intenso. Grito. Me muerdo con fuerza el brazo, lloro, suplico. Tengo la sensación de enloquecer. Entran y me vuelven a inyectar. Me duermo.

Me despiertan. Ya es de día y estoy confusa. Dos personas me desatan y me sacan a la fuerza de la camilla. Empiezo a recordar. Me conectan de nuevo a la máquina. Grito. El ruso se gira y me parte el labio de un puñetazo. Noto el sabor a hierro de la sangre en mi boca. Los minutos se hacen eternos. Se termina la sesión. Me levantan. El ruso me mira y me sonríe con lascivia. Me arranca la bata. Intento resistirme pero no tengo fuerzas. Me toca las tetas. Le brilla el diente de oro. Me arrastra al lavabo. Se baja los pantalones. Me revuelvo. Me golpea nuevamente con el puño. Se escupe en la mano y se manosea el miembro. Se oye la puerta. Maldice y se sube los pantalones. Me empuja dentro de la ducha y me ordena que me enjabone. Me enjabono. Estoy tiritando y no puedo parar de llorar. Pasados unos minutos me saca de la ducha de un empujón. Veo mi espalda reflejada en dos espejos. Dos enormes rajas ocupan el lugar de mis riñones. Grito. Me caigo al suelo. Tiemblo. Intento levantarme. Me vuelvo a caer. Ya no intento levantarme. La certeza de que van a extraerme más órganos me golpea el estómago como una patada. El hígado, el corazón, los pulmones, quizás las pupilas. Quizás todo. Grito con desesperación, pero nadie me oye. El ruso me levanta y me arrastra hasta la sala donde el cirujano me espera. Me tiro al suelo. El ruso me levanta. Intento patalear. No lo consigo. Grito. El cirujano me mira sin expresión mientras se pone los guantes. Ordena sus bisturís metódicamente, con calma. A sus pies una nevera de camping repleta de hielo reposa en el suelo. Vuelvo a revolverme con todas mis fuerzas. Grito. Lloro. Suplico. Vuelvo a gritar y a resistirme. Me tapan la boca con una gasa impregnada en algo. Un repentino bienestar se apodera involuntariamente de mi cuerpo. Me tumban en la camilla. Un enorme foco de luz me deslumbra. La angustia ha desaparecido. Veo la cara del cirujano, su barba cana, sus gafas. Sólo siento paz. Una paz de color blanco. Algunas voces retumban con suavidad, acunándome. Sonrío mientras un hilillo de baba se desliza lentamente por la comisura de mis labios. Recuerdo el anuncio que me trajo aquí. Total discreción. Todo se vuelve cada vez más blanco. Cirujano de prestigio atiende a particulares. Aquel anuncio. Todo es cada vez más blanco. Aumento de pecho, sólo 500 euros. Discreción. Cada vez más luminoso. Me da igual. Ya no tengo miedo. Todo es bienestar. El cirujano se acerca con el bisturí en la mano. Todo se tiñe definitivamente de blanco.

Ojos de Pekinés azul

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