La mayoría de la gente sólo conocía su nombre artístico. Pero cuando ingresó en la clínica Serenity Knolls, en las afueras de San Francisco, Jerry Garcia tuvo que desprenderse del mito. Era consciente de que su personaje había llegado a controlar su vida. Su actitud era la que se le supone a una antiestrella del rock. Probablemente era el artista vivo que más se había drogado y bebido de la Historia. Incluso más que Jagger o que Morrison. Por eso, la experiencia de la rehabilitación era doblemente dura para él. Primero, debía desprenderse de su identidad, con la que había entablado una simbiosis inseparable, para después curarse como organismo, y quizás como persona.
Acaso, en realidad, su personaje estaba ahogando a su organismo, como una serpiente estrangula a un conejillo, agotando inexorable su tiempo y su aire. Pero la sóla idea de aparcar, aunque fuera temporalmente, su identidad como símbolo de una generación, removía en él viejos fantasmas del pasado. Su infancia, el recuerdo infame de su padre, la angustia y el hastío de aquella época de su vida. De camino al hospital, en el coche, se enfrentó a su miedo invocando una última vez a Mary Jane, junto a su manager.
Esta vez el viaje era sin maletas ni compañeros. Solos él y el espejo. No sabía si estaba preparado para ver su reflejo en él por primera vez desde hacía años. Quizás no viera más que una calavera rodeada de rosas marchitas. El doctor Travis le recibió con la condescendencia habitual en estos casos. Sabía cuándo una celebridad se encontraba al borde del abismo, y eso le complacía enormemente.
- Señor Garcia, necesitaré su nombre completo, por favor.
- Jerome John C. Garcia.
- Jerome John C. Garcia -anotó cuidadosamente. ¿La "C" corresponde a, por favor?
- Craywinckel. Jerry Craywinckel Garcia.
Por Cassius Craywinckel Clay.
miércoles, 3 de marzo de 2010
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