Entonces oyó un ruido en el pasillo. Pensó que sería él, que aún no se habría ido. Pero no.
De repente irrumpió en la cocina aquel individuo mostrenco. Su cuerpo de cetáceo en la puerta, hizo que de repente la estancia pareciera minúscula. De la chaqueta sacó una pistola y se acercó el cañón a los labios haciendo un gesto para que no gritara.
Señaló la silla invitándola a sentarse. La estaba apuntando. Sintíó un retortijón de angustia.
Le dio una pluma y un papel arrugado y le dijo al oído: “escribirás una historia y en ella tendrás que utilizar estas tres palabras:…”
martes, 20 de abril de 2010
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