lunes, 28 de junio de 2010

Estás como un tren

Los trenes son artefactos perfectos de la metáfora. El viaje, el cambio, trasunto de la vida. Y además, a diferencia del coche, que es otro instrumento muy manido en Metáforalandia, tanto que incluso ha dado origen al término road-movie, no conducimos nosotros, sino un tercero, a quién no vemos la cara. Incluso hay trenes manejados remotamente. Esta circunstancia es la clave de vuelta, porque permite trazar el paralelismo preciso con la vida como mejunje de casualidades y azares, potaje en el que nosotros somos las alubias, o el chorizo, pero no el cocinero ni siquiera el cucharón. El tren también es un recordatorio de tiempos pretéritos, porque es una manera de viajar a la antigua, que no rompe el contínuo espacio, no hay un salto y un vacío como en el avión, que es claramente el medio de transporte del futuro, no tan diferente al teletransporte que mostraba Star Trek.
Por cierto, antes de seguir, y perdonen la demora, me permito, ya que el tema va de trenes, recomendarles Una novela rusa, de Emmanuel Carrére. Ahí encontrarán, a tres cuartos de libro, un relato dentro de una novela que es quizás uno de los ejemplos más fabulosos de relato dentro de la realidad o realidad dentro del relato. Algo así me hubiera gustado presentar a concurso en esta web, pero uno no da para más. En fin, recomendación hecha.
Volviendo al objetivo propiamente dicho, el relato ferroviario, todo comenzó el día que a Brunet le regalaron un tren eléctrico. No sólo el tren, claro. Las estaciones, los puentes. Una caja de pinturas y maquetas de un paisaje alpino idílico. Brunet tenía en esa época quince años, y aunque uno piensa que a esa edad lo suyo hubiese sido hacerse pajas como un desesperado y ocultar revistas guarras debajo del colchón, no era ésa su ocupación principal. No, él leía, y jugaba al Scalextric, y se quedaba en casa, y veía los episodios de Campeones, y soñaba con ser Mark Landers, o uno de los dos gemelos que se subían uno encima del otro para impulsarse y marcar goles inverosímiles incluso para un mundo en el que los campos de fútbol tenían curvatura. Brunet recibió su regalo con mucha ilusión, y pasó meses montando el tren. Una vez acabado, sus padres apreciaron una curvatura extraña, muy sutil, en la madera enorme que servía de base al montaje del tren. Apreciaron también los lagos alpinos con agua de verdad, las cabritas montesas, unos esquiadores en la cima de una montaña, telearrastres, carreteras, coches con rubias y pañuelos recogiendo sus melenas, diminutas Grace Kellys disfrutando de unas merecidísimas vacaciones invernales, jefes de estación con bigotes, guardas forestales con cabañas a las puertas, ardillitas devorando bellotitas diminutas. Un sol cegador colgaba del techo. Nubes de algodón formaban un manto celeste que auguraba precipitaciones al día siguiente, fenómeno atmosférico preparado mediante un mecanismo construído con una regadera, un cubo, un reloj, dos cuerdas y tres poleas.
Los padres de Brunet se miraron sorprendidos, extrañados y preocupados. Ese día, al irse a dormir, Brunet se encontró encima de la cama una revista guarra.

1 comentario:

  1. la catapulta infernal de los míticos gemelos Derrick....

    un seguidor de Campeones;)

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