jueves, 1 de julio de 2010

LO QUE SUCEDIÓ EN EL TREN

Antes de que sucediera lo del tren, había dos cosas en la vida que Friskies González odiaba. Por una parte estaban los perros de todas las razas, tamaños y colores, y por la otra, el verano.
Lejos de lo que un lector perspicaz pueda haber ya barruntado, el hecho de que Friskies González tuviera nombre de comida para perros, no guardaba relación directa con su odio hacia los canes. Si bien no podría decirse que Friskies González llevara su nombre con orgullo o con alegría, (y ni tan siquiera con resignación), Friskies González se consideraba ante todo un hombre justo. Y su justicia le indicaba que los únicos responsables del lastre que le suponía su penoso nombre, eran, por una parte su madre, y por la otra, el hijo de perra del funcionario que accedió a registrarle.

Pero dejemos a un lado el origen del nombre de Friskies González. Llegaremos a él, no se impacienten. Por el momento vamos a centrarnos en el tema que nos ocupa, que no es otro que lo que ocurrió aquel día en el tren, que hizo que Friskies González dejara de odiar a los perros de todas las razas, tamaños y colores.
Para poder entender bien por qué dejó de odiarlos, es incuestionable, y estarán todos de acuerdo conmigo, (tanto los lectores más perspicaces como aquellos más bien limitados), que es fundamental esclarecer el motivo por el que los odiaba.

Bien, allá va: Friskies González odiaba a los perros, y atiendan bien a esto, porque en verano, cuando el calor apretaba y Friskies González sentía (como cualquier hijo de vecino) la necesidad de liberar sus pies de la prisión de los calcetines y de los incómodos zapatos invernales, sus impulsos se veían refrenados por la habitual y abundante presencia canina en las vías públicas.
La primera pregunta que se hará el lector, es por qué y de qué modo unos inocentes perros podrían impedir que Friskies González utilizara unas veraniegas y fresquitas sandalias, o incluso unas chanclas, en sus habituales paseos vespertinos. He aquí la respuesta: todos los perros, sin excluir uno, al ver, o para ser más exactos, al olfatear los pies semidesnudos de Friskies González, se lanzaban en manada a chupárselos, dejándoselos la mayoría de las veces en un deplorable estado, cuando no en carne viva.
¿Y por qué venían los perros de todas las razas, tamaños y colores a chuparle los pies a Friskies González? Para que esta cuestión quede también perfectamente aclarada y pueda por ende comprenderse lo que sucedió aquel día en el tren, vamos a tener que retomar el tema del origen del nombre de Friskies González (y perdonen que me extienda, pero me parece pertinente y necesario).

Comenzaremos por explicar que la madre de Friskies González era estéril de nacimiento, y que tenía además una tienda de comida para perros a las afueras de la ciudad. Quédense con estos dos datos, en principio sin relación directa, porque son la clave para comprenderlo todo.

Un día, estaba la madre de Friskies González en el almacén de su tienda organizando las latas de comida en función de sus ingredientes, cuando un desafortunado golpe de viento hizo que la puerta del almacén se cerrara dejándola atrapada por dentro.
Dado que era temprano y aun no había abierto el establecimiento al público, y dado que la madre de Friskies González era una persona solitaria, sin familiares, ni amigos, ni apenas conocidos que la echaran de menos, nadie se molestó en buscarla.

La madre de Friskies González sobrevivió durante 47 días con sus respectivas noches en el almacén de su tienda alimentándose a base de comida para perros de la marca Friskies.
Podría ser éste, qué duda cabe, un motivo más que suficiente como para ponerle a su hijo el nombre de la susodicha marca. Existe sin embargo un motivo de aun más peso. Porque, ¿cómo es posible que Friskies González fuera concebido por parte de su madre, siendo ésta, tal y como ya se ha dicho que era, estéril de nacimiento? Tiene relación directa con la reclusión y con el rescate y sobretodo con la marca de comida para perros Friskies.

La cosa es que la madre de Friskies González se cansó de gritar auxilio sin obtener respuesta aproximadamente el día 28 de su cautiverio. Para el día 34 ya había perdido la razón, la noción del tiempo y el poco entendimiento que tenía (no se había mencionado antes por ser irrelevante, pero la madre de Friskie González no era una persona especialmente lúcida).
Así los hechos, la madre de Friskies González hubiera muerto por inanición tan pronto se le hubiera acabado el suministro de carne enlatada, pienso y suero canino, de no haber sido por la brillante intervención en el devenir de la historia del señor Camorro González.
Camorro González era un indigente que vivía frente a la tienda de comida para perros de la madre de Friskies González. Dado que la noche del día 47 del encierro hacía un frío de perros, (valga la redundancia canina) Camorro González decidió guarecerse en algún sitio, y la tienda de la madre de Friskies González, aparentemente abandonada, le pareció el lugar apropiado.

Así pues, Camorro rebuscó en su carrito hasta encontrar un serrucho con el que se dirigió a la tienda para serrar con él la persiana metálica. Después de trabajar con ahínco durante más de tres horas, Camorro González no había conseguido ni siquiera arañarla. Hay que decir que la idea de Camorro González de serrar una persiana metálica con un serrucho era un poco gilipollas, y que cualquiera con un par de dedos de frente lo hubiera entendido mucho antes, pero es que Camorro González, para qué engañarnos, tampoco era precisamente lúcido.
El caso es que Camorro, cabreado tras su infructuoso esfuerzo dio rienda suelta a su naturaleza violenta y le propinó una patada a la persiana, que subió del impacto sin ningún tipo de problema, poniendo de manifiesto que siempre había estado abierta, bajada, pero abierta.

Camorro González entró en la tienda, abrió la caja registradora y se guardó en los bolsillos dos billetes de mil pesetas, uno de dos mil, y todas las monedas que encontró. Acto seguido inspeccionó con detalle el local hasta que se encontró con la puerta del almacén. Al abrirla, la imagen de la madre de Friskies González tumbada en el suelo, sudada, desnuda, rodeada de latas de comida, de sacos de pienso y excrementos, le sorprendió y excitó a partes iguales.
Por su parte, la madre de Friskie González, que como ya se ha dicho antes, había perdido el día 34 de su reclusión sus pocas entendederas, en su delirio interpretó que Camorro González era un enorme pastor Alemán que venía a rescatarla, y se dejó lamer (y otras cosas que el buen gusto y el decoro nos impide detallar) por Camorro González.

Cuando se descubrió que la madre de Friskies González había quedado en cinta tras ese encuentro, los médicos, maravillados por el prodigio del embarazo de una mujer estéril de nacimiento, determinaron que la alimentación a base de comida para perros Friskies, por su alto contenido en hormonas, había jugado un papel fundamental en la consecución del milagro. A raíz del suceso, unos conocidos laboratorios farmacéuticos se interesaron en el tema, y se abrió una línea de investigación cuyos resultados conocen ustedes ya de sobras, y no veo por tanto la necesidad de que los expliquemos aquí.

El caso es que la madre de Friskies, quién sabe si porque estaba aun un poco perturbada por su encierro, o porque había adquirido la costumbre, o porque realmente le parecía sabrosa, decidió continuar con su dieta a base de comida para perros Friskies durante todo su embarazo.
A los nueve meses nació por fin Friskies González, un niño sano y alegre, y con la particularidad de que el sudor de sus pies (que por cierto era muy abundante) le olía a comida para perros Friskies. “Mutación glandular” explicaron los médicos.

Como supondrán, el hecho de que todos los perros se abalanzaran en manada sobre los pies de Friskies González cuando éste los exponía al aire libre en verano, era algo desagradable, molesto y doloroso, y es por tanto de justicia admitir que Friskies González estaba en su pleno derecho a sentir cierta animadversión hacia los canes. Asimismo, hay que admitir también como un hecho totalmente natural, que esa animadversión, mantenida y prologada en el tiempo se transformó en odio, que es lo que efectivamente Friskies González sentía, antes de que sucediera lo que sucedió en el tren.

Y ahora sí, puestos ya en antecedentes, vamos por fin a relatar qué fue lo que sucedió en el tren, aunque es muy probable que los más avispados ya lo intuyan.
Efectivamente, a Friskies Gonzalez lo asaltaron en un tren de cercanías, a la altura de Bellvitge, una noche en que volvía a su casa después de echarse unos bailes en El Imperator con una mujer a la que el aliento le olía (y mucho) a boquerones en vinagre.

—Dame la cartera, el medallón de oro que llevas puesto y las bambas —le dijo el atracador, un hombre de unas uñas muy largas, que empuñaba una navajilla.
Friskies González miró a su alrededor atentamente, y vio que la única persona que podía ayudarle dormía ajeno a todo el asunto al fondo del vagón y estaba además acompañado por un perro.
—Te doy la cartera, pero no me pidas ni el medallón ni las bambas —intentó negociar con humildad Friskies González.
—Venga coño, que estoy muy loco, he dicho que el medallón, la cartera y las bambas.

Grandes lágrimas rodaron entonces por las gruesas y crujientes mejillas de Friskies González. El medallón, que por cierto no era de oro, era el único recuerdo que le quedaba a Friskies de su padre Camorro González, tristemente fallecido en una reyerta callejera. Sabía además, que al quitarse las bambas, el perro del fondo le atormentaría hasta el final del trayecto chupándole los pies hasta dejárselos en carne viva. Y nada le garantizaba que ese atracador, con lo loco que decía que estaba, después de darle lo que le pedía, pensara dejarle con vida.
Sin embargo, Friskies González obedeció sin rechistar. Le dio la cartera, le entregó el medallón no sin antes besarlo varias veces, y acto seguido se descalzó.

Ese fue el preciso instante que cambió el rumbo de la vida de Friskies González. La perra del fondo, Kuky, al olerle los pies a Friskies, se lanzó a la desesperada para chupárselos, arrasando con todo lo que se le puso por delante, es decir, al atracador de las uñas largas y la navajita, que cayó al suelo golpeándose en la nuca y falleciendo instantáneamente.

Así fue como Friskies González entendió que el olor de sus pies no era un lastre sino un don divino que prácticamente le había salvado la vida. Ese olor, más que un olor era un arma, que a partir de aquel momento pensaba utilizar cada vez que fuera necesario para impartir justicia por el mundo. Acababa de nacer el mítico super héroe del que tanto han oído hablar. Después de ponerse de nuevo las bambas, Friskies González le pegó una pequeña patada con la punta del pie al atracador para comprobar que realmente estaba muerto, besó el medallón y se bajó en la próxima parada.

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